Wednesday, July 20, 2005
Frase del día
“He sobrevivido a mis deseos”
Pushkin.
Pushkin.
Los descubridores
Hoy me levanté y pensé que, después de todo, el sexo no es tan importante. Me pareció todo un descubrimiento. En primer lugar, de que la barrera de los 30 es mucho más que una convención. Hay cosas que van cambiando. Enseguida me entró la nostalgia de aquellos años en los que el sexo era todo nuevo. El primer beso, el segundo y el tercero. La primera caricia sobre la piel desnuda. Momentos que se viven con los sentidos abiertos al máximo, con las pupilas dilatadas por la sorpresa y las ganas. El sexo es probablemente el último descubrimiento sensorial agradable importante. Lo dulce, lo salado, la arena, el sonido del mar, la luz del sol entre las hojas, la sensación de la brisa sobre la piel. Todo eso se descubre durante los primeros años de vida. Después, ya quedan pocas cosas que se puedan hacer “por primera vez”.
El ser humano intenta buscar alternativas. Sensaciones sustitutas que puedan ser etiquetadas como totalmente nuevas. Bucear, la caída libre, los toros en San Fermín, el reaggetón. La adrenalina suple la ausencia de experiencias cotidianas capaces de sorprendernos. Y a medida que pasan los años, ya sólo quedan los descubrimientos negativos. Las cosas que ya no se pueden hacer. Comprobar cómo es la vida sin escuchar, sin ver bien, sin fuerzas. En ese momento, seguro que se extraña incluso el día en el que, por primera vez, se pensó en que el sexo no es tan importante.
El ser humano intenta buscar alternativas. Sensaciones sustitutas que puedan ser etiquetadas como totalmente nuevas. Bucear, la caída libre, los toros en San Fermín, el reaggetón. La adrenalina suple la ausencia de experiencias cotidianas capaces de sorprendernos. Y a medida que pasan los años, ya sólo quedan los descubrimientos negativos. Las cosas que ya no se pueden hacer. Comprobar cómo es la vida sin escuchar, sin ver bien, sin fuerzas. En ese momento, seguro que se extraña incluso el día en el que, por primera vez, se pensó en que el sexo no es tan importante.
Thursday, July 14, 2005
"La yegua rompió el potrero"
La infidelidad femenina sigue siendo un asunto que levanta muchas ampollas. Es un tema que casi genera alarma social en según qué sectores. Al teclear “esposa infiel” en Google, aparecen 11400 referencias. Cuando buscas “esposo infiel”, apenas hay 376. Incluso si sumas las de “marido infiel”, que son 801, la cifra total sigue siendo mucho más baja, diez veces menos en comparación.
¿Será que hay más esposas infieles? La sabiduría convencional afirma todo lo contrario. La palabra “mujeriego” no tiene equivalente para el sexo femenino, salvo términos poco agradables como “puta” o “ligera de cascos”. Pero incluso si aceptamos que la propensión “natural” de hombres y mujeres hacia la infidelidad es similar, habría que tomar en cuenta todas las zonas del mundo en las que la mujer sigue sometida y en las que la dependencia absoluta del marido dificulta cualquier tipo de relación extraconyugal.
La psicología evolutiva tiende a reforzar también la idea popular. Una teoría afirma que mientras el macho busca muchas oportunidades de ser infiel para poder engendrar fuera de la pareja y así multiplicar todo lo posible su herencia genética, la hembra, en cambio, tiene propensión a buscar sólo machos más sanos y fuertes que el suyo para asegurarse “el mejor semen posible”.Qué duda cabe que esta teoría ha sido atacada por sectores que la perciben como una burda justificación del machismo. Pero aún así, nada de esto explica la desproporción que recoge Google.
Para que no queden dudas, buscamos “hombre infiel” y aparecen 2680 entradas. Introducimos “mujer infiel” y el número se dispara a 8240. Si como dice el refrán popular, lo que molesta no son los cuernos, sino el cachondeo, definitivamente algo pasa.
Cuando leí Madame Bovary me pareció increíble que los contemporáneos de Flaubert se molestaran tanto por una simple montadita de cachos de nada. Claro, eso es cosa de otro siglo, me dije a mí mismo.
Años después, me sorprendí al ver en la Caracas de finales del siglo XX cómo varios hombres abandonaban el cine ofendidos en plena proyección de “Los puentes de Madison”, de Clint Eastwood. Y eso que Meryl Streep nunca se atrevió a escaparse con él definitivamente.
Hay roles que siguen siendo sagrados para muchas personas. Hace poco mi mujer no se pudo contener al ver una película sobre una madre que abandona su casa por un buen polvo y exclamó: ¡Qué puta!
¿Será que hay más esposas infieles? La sabiduría convencional afirma todo lo contrario. La palabra “mujeriego” no tiene equivalente para el sexo femenino, salvo términos poco agradables como “puta” o “ligera de cascos”. Pero incluso si aceptamos que la propensión “natural” de hombres y mujeres hacia la infidelidad es similar, habría que tomar en cuenta todas las zonas del mundo en las que la mujer sigue sometida y en las que la dependencia absoluta del marido dificulta cualquier tipo de relación extraconyugal.
La psicología evolutiva tiende a reforzar también la idea popular. Una teoría afirma que mientras el macho busca muchas oportunidades de ser infiel para poder engendrar fuera de la pareja y así multiplicar todo lo posible su herencia genética, la hembra, en cambio, tiene propensión a buscar sólo machos más sanos y fuertes que el suyo para asegurarse “el mejor semen posible”.Qué duda cabe que esta teoría ha sido atacada por sectores que la perciben como una burda justificación del machismo. Pero aún así, nada de esto explica la desproporción que recoge Google.
Para que no queden dudas, buscamos “hombre infiel” y aparecen 2680 entradas. Introducimos “mujer infiel” y el número se dispara a 8240. Si como dice el refrán popular, lo que molesta no son los cuernos, sino el cachondeo, definitivamente algo pasa.
Cuando leí Madame Bovary me pareció increíble que los contemporáneos de Flaubert se molestaran tanto por una simple montadita de cachos de nada. Claro, eso es cosa de otro siglo, me dije a mí mismo.
Años después, me sorprendí al ver en la Caracas de finales del siglo XX cómo varios hombres abandonaban el cine ofendidos en plena proyección de “Los puentes de Madison”, de Clint Eastwood. Y eso que Meryl Streep nunca se atrevió a escaparse con él definitivamente.
Hay roles que siguen siendo sagrados para muchas personas. Hace poco mi mujer no se pudo contener al ver una película sobre una madre que abandona su casa por un buen polvo y exclamó: ¡Qué puta!
Monday, July 11, 2005
Més que un cul
La realidad ya no sólo imita al arte. Ahora también a la publicidad. Un viejo anuncio de un reloj muestra a Enrique Iglesias en un control de seguridad. Cada vez que pasa por el arco, el detector de metales pita. El cantante se va quitando prendas hasta quedar en ropa interior, eso sí, con el reloj puesto. Ante la insistencia del guardia de seguridad de que debe colocar el reloj en la bandeja, Enrique Iglesias se acuesta sobre la banda que introduce los objetos en el lector de rayos X. El mensaje es claro: cualquier cosa antes de separarse de su reloj. La visión surrealista de un personaje famoso en prendas íntimas ante una multitud atónita produce risa. Parece eso, surrealista. Pues bien, después de los atentados del 7 de julio en Londres, el presidente del F.C. Barcelona, Joan Laporta, perdió la calma ante un detector de metales demasiado sensible en el aeropuerto de El Prat. Y, visiblemente molesto, se quedó en interiores o calzoncillos, como se dice en España, para el asombro de los presentes. El enfado de Laporta parece desproporcionado pero puede crear escuela. Es más, podemos empezar una campaña a favor de los strippers aeroportuarios. Al menos la espera se hará más entretenida.
La casualidad
Bambi, un elefante hembra (todavía no me atrevo a escribir elefanta, pero todo llegará), se escapó la semana pasada de su circo y recorrió durante 45 minutos varias avenidas de la ciudad de Rosario, en Argentina. Aparte de la sorpresa de peatones y conductores, lo más llamativo fue la total tranquilidad del elefante que, después de escuchar a su domador, decidió regresar paseando a su jaula.
Poco habría que añadir a esta historia curiosa. Pero hoy, la prensa catalana publica que el sábado pasado otro elefante se escapó de un circo en Girona. Paseó varios minutos por una carretera y finalmente regresó sin problemas al atender al llamado de sus domadores, que habían sacado a otro elefante a la calle para atraer la atención del fugado.
Estos dos casos aislados plantean la pregunta de cuál es la naturaleza de la casualidad. Los elefantes escapistas de Rosario y Girona, ¿son fruto de la coincidencia? ¿O estamos ante el inicio de una oleada de fugas de proporciones paquidérmicas?
¿Cuántos elefantes se escaparán al año en India? A lo mejor la cifra es de uno por mes, pero, como nos queda lejos, ni siquiera nos enteramos. Así, resulta significativo sólo lo que entra dentro de nuestro campo visual, de nuestro marco de referencia, aunque estadísticamente sea totalmente irrelevante.
Una vieja regla del periodismo es la del llamado “kilómetro sentimental”. Según este principio, el interés de un hecho es inversamente proporcional a la distancia en que se produce. Es decir, mientras más lejos suceden las cosas, menos nos interesan. Tres muertes en nuestra calle pueden ocupar la primera plana del periódico local, pero cien fallecidos en China quizás no consigan ni un breve en la sección internacional. La relación incluso se planteaba en términos matemáticos, aunque dudo que alguien se haya molestado nunca en hacer esos cálculos o tomárselos en serio.
Pero nuestro desinterés por lo lejano no sirve para explicar la fascinación que nos producen esos hechos a los que etiquetamos como “casualidades”. Paul Auster recuerda en “La invención de la soledad” la historia de un joven que se hospedó en una habitación de París en la que, tiempo después, descubrió que había estado escondido su padre durante la segunda guerra mundial.
Hay acontecimientos que activan los resortes de nuestra atención, e, incluso, admiración. Abrimos un diccionario y justo estamos en la página que contiene la palabra que buscamos. Levantamos un teléfono para llamar a alguien en el momento preciso en el que esa persona nos está llamando. La casualidad.
Hace nueve años, tuve un accidente automovilístico. Me quedé dormido y me estrellé contra un poste. Un joven me ayudó a salir, se aseguró de que no me pasara nada, guardó y cuidó mis pertenencias. Casi no pude hablar con él, sólo acerté a escuchar que era rescatista y no pude ni siquiera recordar su nombre. Cinco años después, alguien se acercó a pedirme ayuda. Era un joven, estaba desempleado y no tenía nada de dinero. Se trataba del mismo hombre. Él no se acordaba de mí, hasta que le expliqué que yo era la misma persona que a la que él había auxiliado. Le di todo el dinero que llevaba encima y después estuvimos en contacto por teléfono. Se fue a trabajar a otra ciudad y su situación mejoró.
Cada día nos encontramos con decenas de personas, pero hay encuentros a los que damos especial importancia. Un perro muerde a un niño y sale por televisión. Durante una semana los medios destacan hechos similares. Da la impresión de que los perros se han vuelto violentos de repente. Los mejores amigos del hombre son sospechosos, son ya el enemigo público número uno.
El periodista Lincoln Steffens contaba en un libro cómo, en su época de reportero policial en los años 20, se dedicó a cubrir las muertes a las que antes nadie atendía. Recorría los sótanos de las comisarías y las morgues para buscar historias que no tuviera su competencia y sortear así la presión de su editor. Cuando su periódico comenzó a poner esos casos en primera plana, el resto de diarios cedió a la tentación y dedicó también más y más espacio a esos sucesos “menores”. Los pequeños atracos y rencillas entre bandas pasaron a ser “grandes casos”.
Pronto, la ciudadanía tuvo la impresión de que el crimen se había disparado. El alcalde tuvo que destituir al jefe de policía y la normalidad sólo regresó cuando los medios accedieron a volver al tipo de cobertura anterior, más sosegada y equilibrada.
Poco habría que añadir a esta historia curiosa. Pero hoy, la prensa catalana publica que el sábado pasado otro elefante se escapó de un circo en Girona. Paseó varios minutos por una carretera y finalmente regresó sin problemas al atender al llamado de sus domadores, que habían sacado a otro elefante a la calle para atraer la atención del fugado.
Estos dos casos aislados plantean la pregunta de cuál es la naturaleza de la casualidad. Los elefantes escapistas de Rosario y Girona, ¿son fruto de la coincidencia? ¿O estamos ante el inicio de una oleada de fugas de proporciones paquidérmicas?
¿Cuántos elefantes se escaparán al año en India? A lo mejor la cifra es de uno por mes, pero, como nos queda lejos, ni siquiera nos enteramos. Así, resulta significativo sólo lo que entra dentro de nuestro campo visual, de nuestro marco de referencia, aunque estadísticamente sea totalmente irrelevante.
Una vieja regla del periodismo es la del llamado “kilómetro sentimental”. Según este principio, el interés de un hecho es inversamente proporcional a la distancia en que se produce. Es decir, mientras más lejos suceden las cosas, menos nos interesan. Tres muertes en nuestra calle pueden ocupar la primera plana del periódico local, pero cien fallecidos en China quizás no consigan ni un breve en la sección internacional. La relación incluso se planteaba en términos matemáticos, aunque dudo que alguien se haya molestado nunca en hacer esos cálculos o tomárselos en serio.
Pero nuestro desinterés por lo lejano no sirve para explicar la fascinación que nos producen esos hechos a los que etiquetamos como “casualidades”. Paul Auster recuerda en “La invención de la soledad” la historia de un joven que se hospedó en una habitación de París en la que, tiempo después, descubrió que había estado escondido su padre durante la segunda guerra mundial.
Hay acontecimientos que activan los resortes de nuestra atención, e, incluso, admiración. Abrimos un diccionario y justo estamos en la página que contiene la palabra que buscamos. Levantamos un teléfono para llamar a alguien en el momento preciso en el que esa persona nos está llamando. La casualidad.
Hace nueve años, tuve un accidente automovilístico. Me quedé dormido y me estrellé contra un poste. Un joven me ayudó a salir, se aseguró de que no me pasara nada, guardó y cuidó mis pertenencias. Casi no pude hablar con él, sólo acerté a escuchar que era rescatista y no pude ni siquiera recordar su nombre. Cinco años después, alguien se acercó a pedirme ayuda. Era un joven, estaba desempleado y no tenía nada de dinero. Se trataba del mismo hombre. Él no se acordaba de mí, hasta que le expliqué que yo era la misma persona que a la que él había auxiliado. Le di todo el dinero que llevaba encima y después estuvimos en contacto por teléfono. Se fue a trabajar a otra ciudad y su situación mejoró.
Cada día nos encontramos con decenas de personas, pero hay encuentros a los que damos especial importancia. Un perro muerde a un niño y sale por televisión. Durante una semana los medios destacan hechos similares. Da la impresión de que los perros se han vuelto violentos de repente. Los mejores amigos del hombre son sospechosos, son ya el enemigo público número uno.
El periodista Lincoln Steffens contaba en un libro cómo, en su época de reportero policial en los años 20, se dedicó a cubrir las muertes a las que antes nadie atendía. Recorría los sótanos de las comisarías y las morgues para buscar historias que no tuviera su competencia y sortear así la presión de su editor. Cuando su periódico comenzó a poner esos casos en primera plana, el resto de diarios cedió a la tentación y dedicó también más y más espacio a esos sucesos “menores”. Los pequeños atracos y rencillas entre bandas pasaron a ser “grandes casos”.
Pronto, la ciudadanía tuvo la impresión de que el crimen se había disparado. El alcalde tuvo que destituir al jefe de policía y la normalidad sólo regresó cuando los medios accedieron a volver al tipo de cobertura anterior, más sosegada y equilibrada.
Monday, July 04, 2005
Frase del mes
"Todo tiempo pasado fue anterior"
Les Luthiers.
Les Luthiers.
Recuerdos involuntarios
Carlos Canache Mata. Así, sin avisar y sin razón de ser. Las tres palabras, el nombre y los dos apellidos sonaron en mi cabeza sin justificación. La memoria es una caprichosa dictadora. No me acuerdo de la cara de Canache Mata, ni si era adeco o copeyano. Pero su recuerdo está allí, en la sección RAM de mi disco duro. Por qué tengo que estar pensando justo hoy, justo ahora, en un prácticamente olvidado político de la “cuarta” es un misterio sin solución. Podemos escoger qué vemos u oímos, pero una vez abrimos la puerta, ya no podemos decidir qué se quedará con nosotros ni qué cosas pueden emerger de repente de manera insospechada.
Todas las imágenes y sonidos que recibimos almacenados de por vida. Imaginen al Zorro mezclado con el Chapulín, Iris Chacón o los Tres Chiflados, por no hablar de Rudy Rodríguez o Ana Karina Manco. Y resulta que de mi banco de datos aparece nada más y nada menos que Canache Mata.
Hace muchos años pasé más de dos horas con un amigo en un tren de Figueres a Barcelona tratando de rescatar la letra y el nombre de un viejo merengue del que sólo recordábamos que en el coro sonaba algo así como “Na, na, na, na, na…” No era mucho, y en todo el viaje no pudimos recomponer la canción. Dejamos el asunto de lado y, horas después, en plena cena, de repente vino el nombre de la canción como el golpe de un rayo: “La quiero a morir”. Inmediatamente comenzamos a cantar y a bailar, recorriendo el apartamento de rodillas, dando gracias por el pequeño hallazgo. Logramos resucitar mucho más que una canción, volvió toda una época de sensaciones y descubrimientos, en un viaje relámpago a la adolescencia temprana. Y reímos como locos, felices también de haber derrotado al olvido. Boris Izaguirre intentó cantar hace poco el himno de Venezuela en Crónicas Marcianas. No pudo pasar de la mitad, lo que le salía era otro himno, el de Miss Venezuela, menos solemne, pero grabado en la cabeza de todos los venezolanos. El que alguna vez no se haya visto sorprendido tarareando lo de “En una noche tan linda como esta…” que tire la primera piedra.
No hay manera de saber por qué hay golpes inesperados de la memoria. Pinceladas impresionistas de un pasado que se creía perdido. Como el “Rosebud” pronunciado en su lecho de muerte por el millonario protagonista de Ciudadano Kane. Ese hombre desalmado tuvo, en su minuto final, un recuerdo proveniente de su más tierna y feliz infancia. Su trineo, sus juegos de niño. Todos creemos que en el momento de morir podremos conjurar al más feliz de los recuerdos de nuestra vida, que podremos escoger con qué imagen nos despedimos del mundo. Que tendremos el control sobre nuestro epitafio mental. Me temo que no. Desde hace años, me imagino moribundo en una habitación de hospital y, al notar que la muerte es ya inminente, comienzo a buscar un recuerdo grato, a escarbar entre el top ten de los momentos más agradables. Y justo entonces, alguien golpea la puerta. El toc toc hace brotar una voz femenina que dice: “Puede pasar con confianza, va a verme limpiecita como un sol…”. Y así, mi vida se escurre con la imagen del inodoro parlante que promocionaba al limpiador MAS en la época de la tele en blanco y negro. Puestos a escoger, incluso es preferible pensar en Canache Mata.
Todas las imágenes y sonidos que recibimos almacenados de por vida. Imaginen al Zorro mezclado con el Chapulín, Iris Chacón o los Tres Chiflados, por no hablar de Rudy Rodríguez o Ana Karina Manco. Y resulta que de mi banco de datos aparece nada más y nada menos que Canache Mata.
Hace muchos años pasé más de dos horas con un amigo en un tren de Figueres a Barcelona tratando de rescatar la letra y el nombre de un viejo merengue del que sólo recordábamos que en el coro sonaba algo así como “Na, na, na, na, na…” No era mucho, y en todo el viaje no pudimos recomponer la canción. Dejamos el asunto de lado y, horas después, en plena cena, de repente vino el nombre de la canción como el golpe de un rayo: “La quiero a morir”. Inmediatamente comenzamos a cantar y a bailar, recorriendo el apartamento de rodillas, dando gracias por el pequeño hallazgo. Logramos resucitar mucho más que una canción, volvió toda una época de sensaciones y descubrimientos, en un viaje relámpago a la adolescencia temprana. Y reímos como locos, felices también de haber derrotado al olvido. Boris Izaguirre intentó cantar hace poco el himno de Venezuela en Crónicas Marcianas. No pudo pasar de la mitad, lo que le salía era otro himno, el de Miss Venezuela, menos solemne, pero grabado en la cabeza de todos los venezolanos. El que alguna vez no se haya visto sorprendido tarareando lo de “En una noche tan linda como esta…” que tire la primera piedra.
No hay manera de saber por qué hay golpes inesperados de la memoria. Pinceladas impresionistas de un pasado que se creía perdido. Como el “Rosebud” pronunciado en su lecho de muerte por el millonario protagonista de Ciudadano Kane. Ese hombre desalmado tuvo, en su minuto final, un recuerdo proveniente de su más tierna y feliz infancia. Su trineo, sus juegos de niño. Todos creemos que en el momento de morir podremos conjurar al más feliz de los recuerdos de nuestra vida, que podremos escoger con qué imagen nos despedimos del mundo. Que tendremos el control sobre nuestro epitafio mental. Me temo que no. Desde hace años, me imagino moribundo en una habitación de hospital y, al notar que la muerte es ya inminente, comienzo a buscar un recuerdo grato, a escarbar entre el top ten de los momentos más agradables. Y justo entonces, alguien golpea la puerta. El toc toc hace brotar una voz femenina que dice: “Puede pasar con confianza, va a verme limpiecita como un sol…”. Y así, mi vida se escurre con la imagen del inodoro parlante que promocionaba al limpiador MAS en la época de la tele en blanco y negro. Puestos a escoger, incluso es preferible pensar en Canache Mata.